Técnicas de iluminación

Por Sergi Bellver

Técnicas de iluminación. Eloy Tizón. Páginas de Espuma, Madrid, 2013. 168 páginas. 16 €.

Puntuación: *****

Esta reseña forma parte del especial Eloy Tizón, que se completa con la entrevista de Recaredo Veredas al autor.

Quien desee calcular la velocidad de la luz en la narrativa de Eloy Tizón tendrá que elevar al cuadrado el producto del estilo y el tiempo. Para quien esto escribe, el mejor Tizón se encontraba hasta hoy en Labia, una novela en la que, muy distinta pero al modo de Viaje al fin de la noche de Céline, la voz se sostenía y modulaba de principio a fin de manera prodigiosa. Con ella, Tizón demostró su dimensión como escritor, al ser capaz de hacer pie en orillas donde otros cuentistas se ahogan cuando afrontan la novela. Pero, no nos engañemos, el reconocimiento general a su obra venía de haber escrito Velocidad de los jardines (1992), una maravillosa fiebre que nos pilló desprevenidos, como un repentino cometa que vino a rajar con su estela el triste cielo del cuento español de los noventa. Tras aquella epifanía, fuimos todos un poco injustos con un libro tan brillante como Parpadeos (2006) porque Velocidad de los jardines pesaba demasiado. Se había convertido en el Smells like teen spirit particular de Tizón, un poco harto ya de que el público le pidiera siempre el mismo bis en cada concierto. Parecía imposible que llegara el día en que un cuentista español escribiera un libro de relatos mejor, aunque intuíamos que sólo el propio Tizón podría hacerlo. Y lo ha hecho. Eloy Tizón ha tenido el buen gusto de no descerrajarse un tiro como Kurt Cobain para poder así hablarnos de la luz y su reverso, para escribir cuentos sin repetirse y, a la vez, sin traicionarse. Técnicas de iluminación es, sin ambages, el mejor libro de Tizón y uno de los más importantes en toda la narrativa breve que se ha publicado en España en lo que llevamos de siglo.

Han pasado siete años desde su anterior título, pero, novelas aparte, ya fueron catorce entre Velocidad de los jardines y Parpadeos, y es que Tizón nunca fue un cuentista apresurado. Estamos ante un libro al que le ha sentado bien el tiempo y que ha madurado como el mejor vino (y al que, hablando de bodegas y aunque eso importe bien poco a estas alturas, se le escatimó el último premio Ribera del Duero de manera incomprensible) y que exige un paladar entrenado, pero que puede suponer también una intensa experiencia de lectura para el lector medio, a poco que olvide prejuicios e inercias. Sí, Técnicas de iluminación prescinde del hilo narrativo convencional y dinamita las supuestas reglas del relato. Es arte literario, sin más etiquetas. Y el arte está, entre otras muchas cosas, para derrocar certezas formales e instaurar la curiosidad en el trono, pero también para revelar lo que late bajo la piel de lo real, para iluminar el mundo a trasluz y descubrirle al ser humano, si no la verdadera naturaleza de las cosas, sí su vibración más genuina. En este juego de focos, podemos fijarnos en dos fragmentos que demuestran la evolución de Eloy Tizón como escritor, del fogonazo a la llama, de la electricidad a la hoguera, del fulgor del descubrimiento a la luz de la sabiduría:

Entre los alerces del jardín existe un lugar vacío, una urna de luz donde no es posible el daño y te imagino. Tu linterna mágica, la biblioteca de Ada, la ardiente transparencia de Ardis Hall, desmienten que haya muerte.

«Carta a Nabokov», Velocidad de los jardines (1992)

La vegetación simboliza el triunfo de la razón sobre el caos sanguinolento de las pasiones humanas. La luz está de nuestra parte. Hay como un borde de agua en los corazones. Todo centellea y está lleno de Dios, aunque sea un Dios municipal armado con una escoba de barrendero que la mayoría de las veces apenas existe o no se prodiga o es ciego.

«Fotosíntesis», Técnicas de iluminación (2013)

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Hay en el nuevo libro de Tizón un eco de elegía y de dolor asimilado, pero también una esperanza empecinada, una fe conmovedora en la capacidad de sus personajes para seguir adelante entre las grietas de una vida que se les cae a pedazos. Hay en este libro una poética de la luz que lo es también del amor y la compasión, pero sin adornos de fiesta ni frases publicitarias, sino desde el margen y el riesgo, el que toma el escritor con unos relatos nada complacientes con las formas imperantes. Y me refiero a las formas narrativas convencionales del cuento, pero también a esa mole orwelliana del pensamiento único. Técnicas de iluminación es una linterna dirigida a la parte más mugrienta de nuestro muro para descubrir, entre los ladrillos de lo cotidiano, una planta que brota en los intersticios, un boquete a los pies de la sillería, un respiradero que nos susurre historias del otro lado.

Podríamos analizar esa deriva formal en algunos de los textos más memorables del conjunto, como «La calidad del aire», «Alrededor de la boda» o «Los horarios cambiados». Detenernos, por ejemplo, en la poderosa lírica de «Merecía ser domingo», con una prosa que alcanza por la izquierda a la del mejor Umbral o está a la altura, a pesar de la diferencia tonal, de la de Valle-Inclán. Una prosa que le devuelve al castellano todo el arsenal mágico que tantos escritores con alma de notario parecen querer desbaratar hoy en día con su sintaxis burocrática. Detenerse en «Ciudad dormitorio» y la odisea de extrarradio de su protagonista y en esa enigmática caja que, por momentos, recuerda a la de David Lynch en Mulholland Drive. No importan el dato ni la anécdota: lo que cuenta en la narrativa de Eloy Tizón es cuán afilada es la poesía para hacer jirones la tesela de lo real y cortarle también un poco los dedos al lector mientras le incita a ser cómplice en la aventura del sentido. No importa ya, creo, la noción de vanguardia o retaguardia en el arte, ni la fiebre del oro de la originalidad y sus desmanes, importa lo atemporal en la capacidad del escritor para crear un mundo propio que cuestione el que queda fuera de la página, que cante su belleza sin desafinar con una moralina y que restituya a la literatura su virtud milagrosa de ensanchar la vida. Y Tizón lo consigue, una vez más pero como nunca antes.

«Volver a Oz» puede chirriar en el conjunto, y no porque sea un mal cuento, sino porque ya hemos leído eso antes en Tizón, aunque uno lo entiende como una suerte de homenaje a su propia evolución desde aquellas visiones del señor Spock o de Heidi en sus dos libros de relatos anteriores. Por decirlo de algún modo, «Volver a Oz» puede tener sentido en este libro cuando se han leído los tres. Es, en cualquier caso, el sorbete de limón en el banquete literario. Con todo, se deduce un soberbio trabajo general del autor al ordenar los textos, como es de recibo en cualquier cuentista serio, y quizá por ello Tizón haya encriptado todo el código genético de Técnicas de iluminación en el excepcional primer relato, el walseriano «Fotosíntesis», un poco al modo de los primeros acordes de la quinta sinfonía de Beethoven. Todo se avanza en ese texto, se desarrolla en una cadena íntima de voces que recorre los demás y se recoge en el último del libro, «Nautilus», un cuento que si Tizón lo hubiera escrito en inglés nos lo podrían haber colado como la décima historia de Salinger sin que pestañeáramos. Tal es la talla de este escritor, seguramente el que más merecería la traducción para demostrar que en España tenemos narradores de nivel universal que justifican abandonar cualquier complejo ante la literatura anglosajona y europea actual. Un escritor, Eloy Tizón, al que sobre todo hay que agradecer que nos recuerde a muchos que la luz está de nuestra parte, que nos recuerde por qué leemos, para qué escribimos y por qué insistimos, como lo hace en este pasaje del relato «Los horarios cambiados», verdadera fórmula de la velocidad de la luz en la narrativa de Eloy Tizón, destello genuino de su estilo y huella de ese tiempo que ha hecho madurar a un mago que parece, más que nunca, salido de un cuento de Borges:

Porque escribir, pensaba yo, es estar más despierto de lo normal. Un espasmo de lucidez recorre todo, nos sacude el sistema nervioso con una sobrecarga de vitalidad, de plenitud, de audacia, de algún modo hay que canalizar toda esa energía dispersa y un tanto alucinógena que desborda la conciencia. De la euforia molecular hasta el folio. Entran ganas de cantar, de bailar, de recibir una bofetada o un electroshock. En lugar de eso, volcamos toda esa actividad frenética hacia dentro y nos contentamos con enfilar, con gran aplomo, un signo negro detrás de otro.

[…] terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino solo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuanto más lejos mejor. Y en esto —pero solo en esto— se parece un poco a la felicidad.

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Sobre Sergi Bellver:

Escritor y guionista, es autor del libro de relatos ‘Agua dura’ (Ediciones del Viento & Sub-Urbano Ediciones, 2013) y ha participado en una decena de antologías hispanoamericanas. Editó los libros colectivos ‘Chéjov comentado’ (2010) y ‘Mi madre es un pez’ (2011, con Juan Soto Ivars), y ha prologado una nueva traducción de ‘El jugador’, de Dostoievski (2013). Ha colaborado con el suplemento ‘Cultura/s’ de ‘La Vanguardia’ y en las revistas ‘Tiempo’, ‘Qué Leer’ y ‘BCN Mes’. Imparte talleres de narrativa desde 2008.

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