Samanta, reina de la entropía

Por Recaredo Veredas

Siete casas vacías. Samanta Schweblin. Páginas de Espuma. Madrid, 2013. 128 páginas, 14 €

Estos siete relatos consiguen lo que pretenden: mostrarnos a nosotros mismos. Carne, glándulas, neuronas lentamente fundidas. Muchos pensaréis que ya nos tenemos muy vistos, pero erráis: nuestra benefactora sociedad cataloga a la muerte y a la enfermedad, sea física o psíquica, dentro del ámbito de lo desagradable, de aquello que no debe ser mencionado en aras de la felicidad ejemplificada por Walt Disney. Es decir, niega nuestra condición animal, emplazándonos en una posición cibernética que, por suerte o desgracia, aún no poseemos. Schweblin, por fortuna, no solo no ha olvidado nuestra condición entrópica sino que la ha observado con fervor científico, anotando los distintos pasos de los procesos que ocurren cuando los caminos que conducen al éxito y la inmortalidad se obstruyen (es decir, siempre, otro cantar es que lo queramos reconocer). No es la única que lo ha intentado. De hecho, la historia de la literatura está construida con aventureros de esta calaña. Pero pocos alcanzan una descripción verosímil del derrumbe de las vísceras y del espíritu. Una descripción narrada desde dentro, desde el corazón de la persona que sufre, sin apoyos en otros tópicos que los que cimientan la realidad indiscutible de la vida. Los silbidos que salen de los pulmones de la protagonista de “La respiración cavernaria”, el relato central, son los silbidos de todos los bronquios podridos del mundo.

Sin embargo, no nos encontramos ante un estudio antropológico, psiquiátrico o sociológico, sino frente a un conjunto de narraciones que, como tales, contienen una historia. Es decir, los personajes poseen un afán y, en consecuencia, una progresión, aunque sea la impotencia para evolucionar al ritmo que la sociedad requiere. Es muy destacable el tratamiento de los espacios, perfectos correlatos del estado de ánimo de los personajes. Su omnipresencia delata los profundos conocimientos de praxis literaria de la autora: los relatos son relatos y no meditaciones filosóficas porque los personajes se mueven dentro de un espacio, generan escenas que se suceden, sea el intento de un coche de escapar del barro que le rodea, sea la lucha por la muerte y la memoria de la protagonista del relato central, sea la búsqueda de una farmacia por una ciudad vacía, llena de peligros cuya existencia ignoramos. Su prosa es casi perfecta. A veces su precisión geométrica alcanza una poesía extraña, próxima al Valente más abstracto.

samanta

Alivia, por otro lado, que Schlewblin construya una épica de la normalidad, que sus protagonistas no sean, como resulta tristemente habitual, escritores, traductores, políticos… Son gente normal, con vidas normales, tan ordinarias como épicas en manos de un escritor de categoría, que sepa ver la épica de la cotidianeidad. Como me dijo una vez un poeta loco, hay más poesía en una peluquera de Getafe que en todos los volcanes del mundo. Pero pocos consiguen verla. El fuego es mucho más vistoso. En cuanto a sus referencias, están Bernhard y Jellinek, está la inmersión en la vejez –aunque con bastante más sentido del humor en el caso del nórdico- de Askildsen, están los encierros sin fin de Kafka, está el omnipresente realismo sucio americano y el horror cósmico, tan de moda por el revival de Lovecraft y por el éxito de True Detective. También podrían vislumbrarse referencias cinematográficas, como el dúo cómico Haneke/Bergman. Pero Samanta no es una nihilista a lo Houllebecq. No es ese su campo de batalla, su mirada no puede caer en tal fatuidad (fascinante fatuidad en ocasiones). Se limita a ver la obvia naturaleza animal del hombre, lo que no podemos contemplar por los sucesivos velos instalados por nuestra cultura, y narrarlo. No consigue la objetividad –falta amor, amistad, aquello que evita los suicidios colectivos- porque ella, la observadora, también es humana.

Schlewblin es la gran esperanza de la narrativa escrita en español. Por calidad, por juventud y por lo global de su mirada. Su futuro depende de su ambición y de su capacidad crítica. Es decir: debe huir de la autocomplacencia y de repetirse a sí misma. No echo las cartas ni tengo una bola de cristal, pero pronostico que si Schlewblin mantiene su nivel de autoexigencia ganará el Premio Nobel.

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Sobre Recaredo Veredas:

Licenciado en Derecho. Máster en Edición. Reseñista en numerosos medios, como Quimera, ABC o Qué Leer. Profesor en la Escuela de Letras. Fundador, junto a otros, de Culturamas y creador de micro-revista. Autor de los libros de relatos Pendiente (Dilema Nuevos Narradores, 2004) y Actos imperdonables (Bartleby, 2013), del manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema, 2006), del poemario Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y de la novela Deudas vencidas (Salto de página, 2014).

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