Carlos Paterson: Quería ser como Freddie Mercury hasta que Bach se cruzó en el camino

Por Marina Sanmartín

Alguien le encargó al joven ingeniero de telecomunicaciones James Paterson que dejara Edimburgo para viajar hasta Cádiz, donde debía cumplir una importante misión: instalar la línea telefónica. Allí, aunque él no podía saberlo, le estaba esperando una gaditana de la que habría de enamorarse perdidamente, tanto que se quedó con ella para siempre y ya no regreso a su isla. Esto ocurrió a principios del siglo XX y James, que medía 2,13 metros y, siguiendo la moda, presumía de bigote, no renunció a la tradición de su linaje a pesar de haber cambiado de mar: su primer hijo fue un varón y, respetando la costumbre de las ocho generaciones que lo precedían, lo llamó Jaime.

Carlos Paterson me cuenta la historia de su bisabuelo consciente de que tiene algo de leyenda, de material para una película. Es fácil intuir lo orgulloso que se siente de sus orígenes.

Se acerca el verano y la mañana no es excesivamente calurosa, así que voy paseando desde las Torres de Quart hasta el Conservatorio Joaquín Rodrigo, donde hemos quedado en la cafetería para hablar de música, de proyectos y de la extraña manera en que, sin darnos cuenta, se forjan las identidades. Carlos es Catedrático de Órgano en el Conservatorio, especialista en música antigua, sin embargo lo que presenta el sábado 23 en el Fórum de la Fnac de Valencia no es una sinfonía, sino un videoclip (quiere que sea el primero de una serie inspirada en las mejores canciones celtas) basado en un poema de Oscar Wilde, If thou wilt, remember.

En estos últimos años algo que llevaba mucho tiempo dormido se ha despertado dentro de mí y he empezado a componer. Mi trayectoria no es larga, mis composiciones son recientes, pero confío en ellas.

– Me extraña lo que me cuentas -le digo- porque había supuesto por tu currículum que llevabas toda una vida dedicada a la música.

¡Qué va! Hasta 2009 trabajé como abogado financiero. Llegó la crisis y me despidieron. Sólo entonces volví a recurrir a la música, a una clase de música que yo desconocía, el pop-rock de los grupos y las fiestas de los pueblos, nada que ver con mi formación de juventud, más académica, que había empezado en el Conservatorio de Teruel. De repente se me abrió todo un mundo: el de la música ligera y la interpretación de oído, un mundo de profesionales intuitivos que por lo general no saben leer ni escribir partituras, pero reaccionan con rapidez y también son muy capaces. Así volvió a saltar la chispa.

Durante el primer año de esta aventura, Carlos formó parte de la formación Clam, era el teclista. Luego pasó a Ágora, que podía llegar a tener sesenta bolos anuales. Eran horarios duros, intempestivos, pero me permitían sacarme un sueldo, y además aprendí muchas cosas, conocí a mucha gente… recuperé fluidez a la hora de pensar la música. Recuperé la inspiración.

Paralelamente, se fue labrando una trayectoria sólida en el Conservatorio de Valencia, donde nos encontramos, y aunque, cuando le pregunto con qué faceta profesional de las que ha desarrollado se identifica más, me responde que allí donde ha recalcado lo ha hecho bien, es consciente de que ahora está donde quiere estar y no volvería a ejercer la abogacía.

Empezó a gustarme la música con ocho años, escuchaba los Max Mix; después llegó David Bowie y después el que sigue siendo mi ídolo, Freddie Mercury. Hubo un tiempo en que quería pertenecer a Queen. Al cumplir los once fui yo el que le pidió a mi madre estudiar música. Dicho y hecho, ingresé en el Conservatorio y aprobé el curso preparatorio entre marzo y junio. Por aquella época, vi ‘20000 leguas de viaje submarino’ y aluciné con el órgano del capitán Nemo. Me fascinó. Fue entonces cuando se cruzó en mi camino Johann Sebastián Bach. Mis padres compraron una cinta con algunas de sus composiciones y caí rendido. 

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Me cuenta que la fuerza de Mercury no residía en su formación sino en su espíritu, en el carisma con el que se ganaba a las multitudes, ofreciendo una música nacida de la intuición. Eso es lo que admira y lo que ha empezado a perseguir en esta nueva etapa en la que se siente tan a gusto.

Junto con el videoclip, otra buena noticia, el domingo 31 de mayo a las 11:30 horas, en el marco de un concierto solidario en el Palau de la Música, organizado por el ICAV (Ilustre Colegio de Abogados de Valencia) no sólo interpretará al órgano piezas de los grandes maestros (Bach, Widor, Camille Saint-Saëns…), sino también su propia composición: Alborada, de seis minutos y medio, forma parte de la cantidad de ideas que, en esta última étapa, han empezado a surgir durante mis momentos de soledad frente al piano. Es componiendo como dejo salir mi yo más íntimo, ese que, paradójicamente, necesito compartir; y no se me ocurre mejor manera de hacerlo que a través de la música”.

Mientras le hago unas fotos en el aula donde imparte sus clases, toca en el clave una pieza de Bach. Me siento afortunada y también sorprendida, porque el currículum se queda corto a la hora de retratar a Carlos Paterson, él esconde detrás toda una historia. De los días duros, en los que le costó salir adelante, llegando incluso a trabajar como vendedor a puerta fría, ha sacado en claro que no basta con tener buen material entre las manos, también hay que saber mostrarlo, hacerlo atractivo. Por eso este músico que rara vez dice que no a una idea ha financiado al cien por cien el vídeo que se presenta el sábado, en el que cuenta con la ayuda del cantante Daniel Kavanagh, uno de esos intérpretes curtidos en escenarios ambulantes.

Carlos Paterson sabe que el primer paso es darse a conocer y cuenta con la mejor tarjeta de visita.

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Sobre Marina Sanmartín:

Autora de La clave está en Turgueniev, recién publicada por Eutelequia, y del blog La fallera cósmica, convertido en libro por Baile del Sol. Es licenciada en periodismo y una narradora tan perspicaz como lírica, tan profunda como divertida.

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