Mr. Turner y el artista recluido

Por Miguel Ángel Serrano

Mr. Turner. Director: Mike Leigh. Guión: Mike Leigh. Reparto: Timothy Spall, Paul Jesson, DorothyAtkinson, Marion Bailey, Karl Johnson, Ruth Sheen.

La película Mr. Turner, de Mike Leigh, es un retrato del hombre, que no el artista apenas, William Turner. Se le suele conocer como el pintor de la luz, aunque a mí siempre me ha parecido el pintor de la niebla, el humo, la lluvia rompiendo la nube. De hecho, los cielos de Turner suelen ser torturados, revueltos y amenazantes. Admirable por muchos conceptos, Turner es uno de los primeros pintores de la textura, alejado de la forma si ésta no es necesaria para contener el mensaje y amigo además de experimentos con el color que le granjearon no pocas críticas.

Turner es sobre todo un acuarelista extraordinario. Y la película deja ver actuaciones sobre el óleo (como escupir en él, por ejemplo) propias de la viveza de la acuarela. Esta técnica no perdona, mientras el óleo, por su capacidad de transparencia, permite el pentimento. Turner va a la naturaleza como un fotógrafo. De hecho, la película muestra su experiencia casi aterrada con los primeros daguerrotipos, en este caso como modelo, pero más interesado por la posibilidad que brinda la cámarade detenerla luz. La acuarela es la técnica por excelencia del paisajismo in situ: no exige grandes preparaciones y los materiales se transportan fácilmente, y además es muy apropiada para el pequeño formato. Turner, no obstante, fue un excelente pintor al óleo y en sus primeros años produjo muchos cuadros a la manera clásica que le granjearon una sólida posición económica y la aceptación en la Academia.

El Turner maduro, que es el más interesante y el que centra la mirada de Leigh, prefigura muchos movimientos posteriores, del impresionismo al futurismo, y nos deja ejemplos estremecedores como Lluvia, vapor, velocidad: el gran ferrocarril del Oeste o La muerte en un caballo pálido.Su obra El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguaces considerada por los británicos como el mejor cuadro nacional de la historia. En la película (se sabe que Turner vio la escena) se da una conversación entre el pintor y algunos amigos sobre el destino del roble del barco, remolcado por un vapor: cinco mil mesas y cinco mil sillas, una metáfora sobre la gloria y el arrumbamiento de lo viejo por lo nuevo.

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La película se apoya en la impresionante fotografía de Dick Pope, que compone esas atmósferas lechosas, llenas de una luz granulada y que inunda la escena como si la impusiera y en una interpretación poderosísima de Timothy Spall, que retrata a un Turner vulgar, enérgico y maleducado. Esa separación entre la persona y el artista que Leigh busca hace humana la película pero también la sitúa al borde de la caricatura. Es tradición francesa la expresión “bêtecomme un peintre” (bestia como un pintor), basada probablemente en la concepción burguesa y comercial de la pintura, que valora sobre todo “que se parezca a” y la artesanía, la habilidad de la mano. Eso tiene además un componente de clase, el del artista sometido. Es un tópico, por descontado, pero lo animalesco de la composición de Spall es en parte denuncia (otro de los clichés que se verterán sobre el impresionismo, del que Lluvia, vapor, velocidad: el gran ferrocarril del Oeste es considerado como el principal precedente es que “Turner está perdiendo la vista”) y en parte aceptación: ¿por qué el artista debería ser alguien elevado en maneras o sensibilidad? La excentricidad o mediocridad de la persona no deberían ser tenidas en cuenta.

Lo que perdonamos fácilmente al artista embebido, al poeta arrebatado, parece negársele al pintor. Leigh ahonda en ello: hay una escena en la que el padre de Turner, barbero de profesión, afeita una cabeza de cerdo de la que luego dan cuenta ambos, como si se estableciera un símbolo, pues toda la interpretación de Spall está llena de gruñidos. Las elecciones musicales de Turner (prefiere Purcell a Beethoven, por ejemplo) el modo de debatir con Ruskin, el discurso sobre el color… cada vez que debe mostrarse la espiritualidad del pintor, éste no sale bien parado. Pero Turner no era un iletrado, sino un hombre leído y que reflexiona sobre su propio proceso como pintor.

Lo mejor de la película, si limamos la zafiedad de determinadas elecciones estéticas, es que nos deja ver a un hombre apegado a su trabajo, a su caminata en busca de la escena, a su apresurado bosquejar, a la vida, en suma. A los pequeños placeres junto a su última mujer, el día mínimo y sin complicaciones. Como si la investigación solo tuviera lugar en su cabeza y negara otra expresión que no fueran sus cuadros. La negativa a debatir con Ruskinrebajando las preguntas de éste a símiles gastronómicos, y las risas ante los primeros cuadros de los prerrafaelitas, hijos espirituales del crítico, son exponentes de su burla a la teorización.

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El señor Turner es voraz, se mofa de los nobles, contiene sus opiniones, deja hablar a sus cuadros. Revienta la pintura académica. Se mata trabajando. Y Mike Leigh compone una película respetuosa, tal vez demasiado correcta en la factura, demasiado pegada a la forma, como si le faltara el arrebato que en contadas ocasiones ofrece el arte a sus ministros.

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Sobre Miguel Ángel Serrano:

Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1.965) es novelista, ensayista, poeta y crítico. Obtuvo el Premio José María de Pereda de Novela Corta del Gobierno de Cantabria con Tango, su primera novela, a la que le seguirían Jardín de Espinos y El Hombre de Bronce. Fue además finalista del Premio NH de Relatos con El Veneno del Profundo Pesar. Es también autor del ensayo histórico La Ciudad de las Bombas: Barcelona y los Años Trágicos del Movimiento Obrero y del libro de poemas Un presagio.

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