Éxodo

Por Roberto Valencia

Dj Stalingrad. Automática, Madrid, 2015, 123 páginas, 15 €.

En Cómo leer y por qué Harold Bloom cuenta que abandonó Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, al no soportar la vorágine de violencia de sus páginas. Pero después retornó a la lectura y cayó admirado ante la novela. Algo similar le ocurrirá al lector de Éxodo: las peleas urbanas entre grupos juveniles de una Rusia traumatizada por la desesperanza estragarán cualquier sensibilidad, pero si el lector se muestra lo suficientemente paciente para que no le intimide este apocalíptico baño de sangre, hallará un texto mucho más matizado y proteico de lo esperado. Primera novela del escritor y activista ruso Dj Stalingrad, Exodo trabaja el retrato generacional de una generación postcomunista entregada a la más extrema brutalidad callejera –peleas con barras de hierro, navajas, detenciones policiales, supervivencia al límite–. Pero, al mismo tiempo, ofrece una reflexión muy pertinaz sobre la naturaleza de la violencia: a qué instintos responde, a qué finalidad purgativa y cómo los anchos –y aparentemente nobles– cauces de la razón se estrechan para permitir su salida en tromba. Éxodo proporciona varias lecturas sobre ello y, en lo formal, cumple el famoso requisito de William Faulkner de no mostrar interés explicíto por la moralidad de los acontecimientos que se narran, tan sólo traspasar al papel del modo más palpitante cómo se produce la vida en bruto, sin esa sofisticación o determinismo con los que el código moral del autor –o de la sociedad– adelgazarían su complejidad.

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La vida en bruto. En Éxodo la vida es una catástrofe social, resultado de la caída comunista, de la irrupción de un ultracapitalismo voraz y de la consolidación por otros cauces de la corrupción sistémica del Estado, lo que da como resultado una generación –o dos o tres– de ciudadanos rusos abandonados a su suerte. Sin cobertura social, sin esperanza, sin posibilidades de redención a través de la estructura de la sociedad, ejem, estable del bienestar. La vida, pues, para una juventud no necesariamente analfabeta se transforma en salir a la calle a destrozarle la cabeza a los miembros de la facción rival. Se opta por esto igual que se podrían contar obsesivamente los poros de la pared. La violencia es una escapatoria lúdica, una forma gratuita de pasar el rato. Pero, ¿gratuita? Gratuita porque no contempla un efecto social a medio plazo (no hay un programa, no hay un plan, no hay réditos, no hay la reflexión que proporciona el activismo de los movimientos sociales), pero, como mostró Hunter S. Thomson que hacían cierto tipo de excluidos sociales en los años 70 al reagruparse en los Ángeles del infierno y ejercer un comportamiento violento que no excluía la solidaridad grupal ni la organización, se consigue mucha autoprotección con ello. En la novela, los tres personales principales, el narrador y sus dos amigos, integrantes habituales de peleas, escenifican distintas posturas ante la hecatombe social. Los tres se partirán la cara sin motivo aparente y serán acuchillados, detenidos y apaleados, los tres se entregarán al odio hacia las bandas organizadas de neonazis –un fenómeno habitual en los años en Rusia, al parecer con conexiones con el estamento policíal– pero cada uno con su propio enfoque. Uno buscará una salida más bien deshonrosa al gris horizonte de la dureza y la precariedad laboral. El otro simplemente dará cauce a su locura congénita. Pero el tercero, el narrador, que saciará y alimentará ese instinto sádico que todo hombre anida, que exhibirá la coartada (¿seguro que válida?) de un cierto asco por el éxito capitalista y la brutalidad neonazi, que ejercerá esa violencia repugnante, habrá elegido un martirologio voluntario en su particular via crucis. En su poliédrica construcción, en su ambigua y desconcertante psicología, es donde la novela alcanza sus máximas cotas de calidad: en la conformación del personaje del narrador, alguien que, como el fallido cantante punk GG Allin –también presente por aquí–, busca autodestruirse y escupir a los demás esa destrucción –esa debilidad, ese asco–, y que así todos nos disolvamos en el ácido de este nihilismo social. Alguien que pretende estar del lado de los buenos porque tiene una barra de hierro y convicciones anárquicas, y porque detesta la corrupción política y la chulería de la policía, alguien que a mitad de novela cambiará la violencia por la asistencia social a los vagabundos de Moscú. Alguien que, de todos modos, no renunciará a la espiritualidad propia de todo martirio: la redención a través del éxtasis de la sangre, el perdón de los pecados, la limpieza que proporciona la piedad. Un rompecabezas filosófico, desesperado y algo ingenuo, como mejor modo de quemarse en la Rusia que bombardeó Chechenia para realzar la gloria de Vladimir Putin.

Cantábamos antes la excelencia que presenta la novela desde el punto de vista formal. Lo es porque su estilo heterodoxo, arrogante, sucio, fragmentario, veloz y nada displicente parece auténtico. No hay impostación ni imitación, no hay fidelidad a ningún canon. Como en las novelas más atmosféricas y misteriosas (pienso en El corazón de las tinieblas, por ejemplo), un telón de oscuridad parece adecuado para eludir interpretaciones fáciles, no permitir conclusiones inmediatas y aturdir la ética del lector. Narrada a través de fragmentos y saltos temporales, Éxodo no exhibe ninguna tesis sociológica que arruinaría su pulso. Su autor hace eso tan común en los escritores de raza: mantiene un uso propio del tempo narrativo. Adherido al pensamiento del narrador, dicho tempo no es lineal –la mente no siempre piensa según vectores de causa y efecto, ni se explica demasiadas cosas a sí misma–, lo que contribuye a la inmediatez y al misterio.

A su autor, Pior Siláiev, refugiado político en Finlandia, le será difícil separar en lo sucesivo su propia biografía del narrador de su novela. Tenderemos a confundirlo con el protagonista, demonio y martir, de este texto. Leyéndolo, y sabiendo que parte de los hechos narrados son autobiográficos, caeremos en la tentación de unificar a ambos, porque aquí el artificio literario resulta tan eficaz que fácilmente se mezclan realidad y ficción. Quizás baste con leer –entonces sí como un hecho real– el pasaje final de la novela, cuando se cuenta ese paso de la violencia callejera a la delincuencia organizada, de las peleas con barras de hierro a los tiroteos. Ahí es donde el protagonista, que vuelve a Moscú después de un alejamiento semiascético, declara su asco por la violencia. Ahí creemos identificar al auténtico autor, ya redimido, ya retirado de la calle, ahíto de sangre y tragedia, cambiando las navajas por la escritura de Éxodo.

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Sobre Roberto Valencia:

Nació en Pamplona en 1972. En 2010 publicó su libro de relatos "Sonría a cámara" en la editorial Lengua de trapo. En Pamplona coordina el Foro de Auzolan, programa estable de actividades literarias. Su trabajo crítico puede verse en el blog: www.robvalencia.wordpress.com. En 2014 publicó "Conversaciones. Todos somos autores y público", editado por Letra Última en el que dialoga con 17 escritores, intelectuales y pensadores del ámbito hispano.

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