Esto se acaba. Enésimo artículo sobre el fin de la novela

Por Recaredo Veredas

El mundo es incomprensible. Quien cree lo contrario cae en un autoengaño tan frecuente como lógico. El mundo es incomprensible porque no sabemos cuál es su fin, ni quién lo ha creado, ni cuál es nuestra función en este espectáculo. Ni lo sabemos ni podemos saberlo.

Sin embargo, tal vez por un accidente genético, el hombre está obligado a buscar. Necesita entender. No posee la paz de espíritu de un caniche, una ballena azul o una hormiga. De su búsqueda provienen las religiones, la filosofía, la ciencia y las artes. Dentro de estas últimas destacaré la narrativa, pues regala una estructura a la vida, la dota de una progresión, una épica y un desenlace. La afición del hombre por la narrativa denota nuestra nula aceptación del caos. La necesidad de control.

Durante siglos la narrativa escrita no tuvo rival. La mayor parte de la población europea era analfabeta, pero las ventas de los triunfadores eran comparables a las actuales. Así ocurría porque, salvo contadas excepciones, siempre fue divertida y compensó la decisión de compra de un lector ávido de historietas.

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Pero llegó el salvaje Siglo XX. En aquellos años crueles, condicionados tanto por el horror de las guerras como por mundo élfico creado por Freud y Marx, ocurrió un curioso fenómeno: la crítica (tumoración de la imprescindible figura del prescriptor) y el público se separaron. Los autores del XIX sabían narrar las pasiones humanas sin ser unos plomos, pero la crítica decidió que el mundo del Siglo XX precisaba monólogos interiores, páginas y páginas sin punto y aparte y la destrucción de todo aquello que había funcionado como un reloj suizo hasta entonces. El público, durante años, fingió que le interesaba la nueva narrativa. Pero mentía: Joyce y Proust siempre le parecieron insoportables. Faulkner -los americanos, todos los americanos, tienen sentido del espectáculo- un poco menos.

El tenderete se mantuvo durante años. Por un lado se situaban los autodenominados auténticos escritores –bastante pesados y muy poco leídos- por otro los vendedores. Por motivos casi mágicos las editoriales perdían dinero publicando a los autodenominados auténticos escritores. Les aportaban un curioso capital denominado prestigio. El hambre de prestigio es otra de las debilidades de los humanos desarrollados y una de las fortalezas de quienes saben convertirse en fuente de tan codiciado bien. También al Estado le fascinaba el prestigio y apoyó con múltiples prebendas a los escritores/escritores más avispados. Sobre todo a los moderadamente críticos, que les regalaban la imprescindible dosis de oposición que precisa toda democracia.

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El declive comenzó con la llegada del cine, pero la narrativa lo sobrevivió. También superó el reto de la televisión más cutre, incluso a los primeros años de Internet. El viejo prestigio perdía fuelle, la lectura de los flagelos modernistas y postmodernos (inútil aproximación al caos) decrecía cada año, pero las cuentas más o menos cuadraban. No contaban con lo obvio: EL MUNDO NO ESPERA A NADIE. En un dormitorio de la Universidad de Harvard, un postadolescente disfuncional machacado por el acné tramaba la destrucción. Al mismo tiempo, Tony Soprano vinculaba sin piedad calidad y diversión. Sus planes han triunfado: las redes sociales y las series de televisión de qualité han destrozado sin piedad a la literatura. Las redes sociales han aprovechado nuestro inherente afán de notoriedad, nuestra (¿genética?) necesidad de socialización y han generado cientos de millones de adictos, rompiendo la concentración que precisa la lectura y robando el escaso tiempo libre. Además han permitido que cada uno construya cada día su propia obra, gracias a las aportaciones de sus amigos y sus fuentes de referencia. Customizada, sin las servidumbres del pret a porter. Por otro lado, la estrategia publicitaria de la HBO parió un producto mágico, que combina el prestigio de los plomos y la facilidad de los bestsellers. ¿Para qué va a leer nadie a Bernhard si consigue su cuota de prestigio y supuesto conocimiento de la naturaleza humana viendo, sin esfuerzo alguno, 45 minutos de Breaking Bad o Juego de Tronos? No sé si Mad Men aporta tanto como Samuel Beckett. Lo que sí sé, con total certeza, es que Samuel Beckett despreciaba olímpicamente a sus lectores y, además, tuvo suerte y talento para convertirse en un torrente de prestigio.

Cierto, la literatura siempre aportará matices pero, ¿quién tiene tiempo y ganas para matices en 2015? Los matices solo son una pérdida de tiempo que convierte a quien los valora en un pusilánime, incapaz de tomar las decisiones que reclaman los tiempos. El público del Siglo XXI solo busca paz, la que aportan la meditación o el craft, y certezas.

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Además la hipercomunicación regala un alud de historias reales cuya potencia y complejidad resulta mucho mayor que la ficción. Por ejemplo: hace unos días vi, gracias a la plataforma filmin, la película Paraíso perdido, una entretenida recreación del encuentro entre un canadiense un poco tontito y Pablo Escobar. Inmediatamente compré en Amazon, gracias a mi imprescindible kindle, la biografía del capo que escribió por su hijo. Su escritura es deficiente, pero hay pocas novelas en el mundo capaces de competir con las juergas de Escobar, sus dos zoológicos y sus líos políticos, con su triunfo y tragedia.

¿Tiene algún futuro la novela? No dejará de existir pero, una vez muertas las generaciones predigitales, se convertirá en una disciplina minoritaria, superflua, devorada por la fragmentación, el vigor de la realidad y soportes narrativos mucho más digeribles. Los grandes grupos derivarán hacia la rentabilidad de otros sectores y la edición se convertirá en un oficio vocacional, solo al alcance de adinerados que puedan permitirse pérdidas permanentes. No ocurrirá así con géneros insustituibles, como la siempre marginal poesía o, con aún más razón, el teatro. Tampoco con el ensayo, que aporta la comprensión, siempre velada pero también inevitable, del continuo cambio del mundo.

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La caída en el olvido permitirá a la narrativa escrita recuperar la libertad. Cada uno escribirá como quiera, sin ansiedades comerciales, ni miedos o autocensuras. Para muchos será un desastre, para unos pocos, como todo abandono, será un alivio.

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Sobre Recaredo Veredas:

Licenciado en Derecho. Máster en Edición. Reseñista en numerosos medios, como Quimera, ABC o Qué Leer. Profesor en la Escuela de Letras. Fundador, junto a otros, de Culturamas y creador de micro-revista. Autor de los libros de relatos Pendiente (Dilema Nuevos Narradores, 2004) y Actos imperdonables (Bartleby, 2013), del manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema, 2006), del poemario Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y de la novela Deudas vencidas (Salto de página, 2014).

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