entre culebras y extraños

Por Recaredo Veredas

Celso Castro* es nuestro Wes Anderson. El dandy texano adaptaría entre orgasmos entre culebras y extraños. Contiene en estado puro varias de sus obsesiones: el amor adolescente, los jóvenes monstruos salingerianos –desmesuradamente intelectuales-, las drogas a destiempo, los traumas familiares, el incesto, un sentido del humor a la vez cruel y compasivo… Además Castro, como Anderson, tiene talento, pausado coraje, y convierte influencias ajenas (desde Bernhard a Ayesta, pasando por la Nouvelle Vague, en el caso del gallego) en una voz propia. Estas nobles cualidades son las que les diferencian, y distancian, de sus imitadores. Porque cualquiera puede narrar la historia de entre culebras y extraños, pero casi nadie resultará tan evocador, tan divertido, tan triste y, al mismo tiempo, tan inteligente.

Lo que más sorprende a quien nunca ha leído a Castro es la simple belleza de su lirismo, presente  en cada párrafo pero nunca cursi, siempre elegante y encajado sin disonancias con la narración. entre culebras y extraños es una historia de amor narrada mucho tiempo después de que ocurriera, pero no se aportan datos del presente, definido por datos en apariencia insustanciales. Castro maneja con maestría el vacío. No sabemos si Sofía y el protagonista son o no hermanos, ignoramos el desenlace de su historia de amor, aunque la intuimos deshecha por el tiempo, pero no importa, porque hemos asistido a un fragmento de vida. De pura vida. No es fácil trasladar, y respetar, la profundidad del dolor adolescente, siempre trivializado por el peso de los problemas adultos. La fama de Salinger proviene de tan preciado don. entre culebras y extraños tiene mucho de El guardián entre el centeno, por las idas y venidas del amor y, por supuesto, por los problemas familiares. También en la novela de Salinger aparece la herida imborrable de un hermano muerto.

castro

entre culebras y extraños presenta a un joven tuberculoso, cuyo padre, fanático de la novela rusa, acaba de infartar y morir sobre un plato de brécol. El joven es ávido lector de filosofía pesimista/vitalista, sobre todo de Nietzsche y Schopenhauer, y se debate entre su nihilismo intelectual y unos sentimientos desbordantes. Entre ellos destaca el amour fou que siente por Sofía, una adolescente hija de una empleada de su difunto padre. Es este amor y su evolución el hilo básico de la novela (que si Sofía es contagiada de la tuberculosis, que si es enviada a estudiar inglés a Gran Bretaña, que si son hermanos como Luke y Leia) Pero la peripecia poco importa, lo que eleva a las alturas a esta novela es la capacidad, compartida por todos los grandes -sean trágicos, cómicos o tragicómicos, como Castro- para empatizar con el lector ayudándole a que rememore sentimientos que tuvo o tendrá, incluso descubriéndole facetas de su vida emocional cuya traslación en palabras ignora. También destaca la combinación de realismo duro –la adición de la hermana a las drogas, su relación tóxica con un profesor, la propia enfermedad del protagonista- con un lirismo que roza la magia pero, afortunadamente, no la traspasa (Castro sujeta la pulsión cursi del amor adolescente). La lógica subjetividad del narrador en primera persona demuestra su peculiar carácter y su particular visión de los hechos, pero el mimo con que está construido  -concretado, por ejemplo, en el racionalismo inherente a su formación filosófica- ayuda a que el lector pueda interpretar los hechos con objetividad, sin dejarse llevar por el lógico torrente hormonal de la adolescencia.

Aunque entre culebras y extraños pueda parecer una novela simple, coloquial, no lo es en absoluto. Castro domina la dosificación de los datos: lo demuestra cuando abofetea al lector con la muerte de la hermana sin contar las causas. También, como he indicado al inicio, emplea con soltura la elipsis y una expresividad coherente.

Este modesto reseñista había caído hace unos meses en la desesperanza. Dos autores tan distintos como Samanta Schweblin y Celso Castro (una joven argentina y un cincuentón gallego) le han devuelto la felicidad.  Ambos combinan el arte y la narración. Ambos conocen, siendo rematadamente cursi, los misterios y recovecos del corazón humano.

*Fotografía del autor de Paco Rodríguez.

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Sobre Recaredo Veredas:

Licenciado en Derecho. Máster en Edición. Reseñista en numerosos medios, como Quimera, ABC o Qué Leer. Profesor en la Escuela de Letras. Fundador, junto a otros, de Culturamas y creador de micro-revista. Autor de los libros de relatos Pendiente (Dilema Nuevos Narradores, 2004) y Actos imperdonables (Bartleby, 2013), del manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema, 2006), del poemario Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y de la novela Deudas vencidas (Salto de página, 2014).

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