El maestro de la luz, el genio arruinado y el truhán de los fogones

Por Recaredo Veredas

Es increíble la cantidad de conocimientos absurdos que poseo, saberes –más bien datos- que nunca van a servirme para ganar dinero, ni para conocer mejor las razones últimas de esta divertida broma llamada vida. Por ejemplo, sé quién es Darius Khondji, un maestro de la luz, que muestra de nuevo su talento en la última joyita de Woody. Le precedió Carlo Di Palma, que plasmó la luz invernal de Manhattan en obras maestras como Hannah y sus hermanas. La expresividad del trabajo de Khondji, su labor narrativa, más que estética, se evidencia en la llegada a la mansión provenzal. La cámara sigue los pasos de los protagonistas y se deslumbra, literalmente, con el fulgor del Mediterráneo. Manchas de luz la ciegan y definen la belleza que modificará para siempre al protagonista.

Hace años, no sé cuántos, viajé a Provenza. Las décadas ya se mezclan y comienzo a olvidar qué viaje ocurrió antes y cuál después. Por entonces sufría una de mis frecuentes, e insufribles para quienes me acompañan, crisis existenciales. En el cielo del sur de Francia brillan miles de estrellas, quietas y fugaces, formando un manto que abarca toda la mirada. Sentía un miedo sordo, continuo, que solo se detenía durante el sueño. Miedo a la muerte, a la desaparición. Como el que siente el mago de la película de Allen cuando contempla ese mismo cielo. Él la ama, aunque sea una estafadora, porque le muestra que el abismo puede ser maravilloso. Yo aún no lo he conseguido: conozco su belleza, pero no deja de resultarme aterradora.

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Para vivir hay que creer, aunque se intuya que la creencia  es un simple placebo que permite la supervivencia. Creer en Dios, en el amor o en la belleza. El nihilismo sobrevalora la capacidad del hombre, incapaz de juzgar el mundo que les ha concedido el privilegio de la vida.

La decadencia de Allen es hermosa, regala perlas rohmerianas, tan reiterativas como reveladoras. Como el maestro francés, aborda temas de infinita trascendencia, e imposible solución, con admirable ligereza. Cuando muera y no haya más créditos blancos con fondo negro habré perdido una razón para sonreír.

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Nikola Tesla fue un tipo deslumbrante, un extraterrestre que trazó los planos de un mundo feliz. Y acudió al único lugar donde sus planes podían ejecutarse: los Estados Unidos de América. Sin embargo, chocó de frente con la marrullería, con seres sin escrúpulos -o seres humanos, sin más- que aprovecharon su talento para forrarse. Conocía levemente su genio, pero lo confirmé ayer, en una visita a la exposición que la Fundación Telefónica ha dedicado a su vida y obra. Compartía espacio con la enésima muestra sobre la labor creativa de Ferrán Adriá. Solo una vez he comido sus manjares: en una boda, hace años. Su famosa tortilla deconstruida me pareció una cochinada. Rica, ingeniosa, pero cochina. Nunca he entendido el mérito de crear réplicas alambicadas de platos originales y hacer que sepan como esos mismos platos. Adriá representa lo contrario de Tesla: un hombre que conoce el mundo moderno y sus mecanismos, un auténtico vendedor de humo, tan neutro como el arte abstracto, un maestro del marketing, que ha sabido convertirse en referente de modernidad e investigación sin haber hecho nada relevante. Porque sus esferificaciones pueden ser divertidas, sabrosas, pero no han contribuido al bienestar del ser humano. Tesla murió arruinado en un hotel cochambroso. Adriá morirá rico, feliz y reconocido. El mundo es injusto, sí, injusto.

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Sobre Recaredo Veredas:

Licenciado en Derecho. Máster en Edición. Reseñista en numerosos medios, como Quimera, ABC o Qué Leer. Profesor en la Escuela de Letras. Fundador, junto a otros, de Culturamas y creador de micro-revista. Autor de los libros de relatos Pendiente (Dilema Nuevos Narradores, 2004) y Actos imperdonables (Bartleby, 2013), del manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema, 2006), del poemario Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y de la novela Deudas vencidas (Salto de página, 2014).

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