Cecil o el hastío de España

Por R.V.

A estas horas todos sabéis que un león protegido llamado Cecil ha sido abatido por un cazador de nacionalidad española que, en un simulacro de caza neolítica, le ha disparado con un arco y le ha dejado agonizar durante dos días para, después, tal vez harto de tan pueril juego, rematarle con un tiro. A cambio, los responsables del mantenimiento del animal han recibido 50.000 €. La noticia ha sido ampliamente reseñada en medios de prestigio, como The Guardian, que en su artículo señala un dato más que significativo: de 2007 a 2012 Alemania ha importado 100 cabezas de león mientras que España ha importado 475. Más o menos cinco veces más, lo que se amplifica si tenemos en cuenta que Alemania, como también todos sabemos, posee un poder adquisitivo mucho mayor que España y una población de 80 millones de habitantes contra los 46 millones españoles. Es decir, podría afirmarse, grosso modo, que la demanda de cabezas de león española es 10 veces mayor que la alemana.

La caza me repugna hasta cierto punto. Matar ciervos criados en granjas, conejos o perdices es feo, pero trivial. Excepto los vegetarianos todos comemos animales que han atravesado, desde su nacimiento, un proceso de tortura mucho peor que el vivido por los cérvidos de granja. Que alguien disfrute causando la muerte de un ser vivo es más o menos patológico, podría incluso afirmarse que, al mismo tiempo que el deporte es la suplantación del esfuerzo sobrante que trae consigo la pasividad de nuestras vidas, la caza es la metabolización de instintos aún no borrados de nuestro cerebro reptiliano. A mí no me gusta matar. Ni siquiera a una hormiga, pero no por ello considero extraño, aunque sí pruebe escasa adaptación a nuestros tiempos, que otros hombres cacen o pesquen (actividad que también provoca la muerte del objeto de deseo pero que, por motivos que no termino de entender, no tiene la mala prensa de la caza). Pero no todas las maneras de cazar son iguales.

Cecil

Toda caza, por lo tanto, es un simulacro. Un regreso a los tiempos en que el hombre –subrayo hombre- debía llevar la comida a su hogar tras un laborioso y arriesgado proceso. Todo simulacro es un poco ridículo, pero algunos lo son más que otros. Quien mata un jabalí a cuchillo, enfrentándose cara a cara con el bicho, arriesgándose a sus puñaladas y luego se lo come crudo realiza un simulacro, según mi muy subjetivo punto de vista, más o menos aceptable. Puede sentirse libre y salvaje con cierto margen de verosimilitud, aunque no lo sea ni menos ni más que antes de su presunta hazaña: además de jugarse la vida, lo ha hecho con un animal que pertenece a su ecosistema y no sufre peligro de extinción. Quien caza ciervos con mira telescópica sacia sus instintos con comodidad y cobardía, pero el daño es insignificante: poco diferencia al ciervo del cerdo o el pollo que todos engullimos.

Quien corrompe a unos funcionarios de un país radicalmente pobre, se traslada a un ecosistema tan ajeno como el de Zimbabwe, se cree un cazador nativo –tal vez se haya pintado la cara con su sangre y se considere dueño de la virilidad del pobre Cecil- y persigue durante días a un león protegido, mimado y querido por todo un país es, sin lugar a dudas, un tarado. Que en un país haya un tarado no resulta significativo. Que un país empobrecido y saqueado multiplique por 10 (o por 8 o por 5, da igual) la demanda de cabezas de león de la mayor potencia económica de su continente demuestra que vivimos en una sociedad enferma.

La enfermedad de España nace en sus élites corruptas y extractivas*, cuyos niveles de depravación han alcanzado cotas dignas de estrellas de rock de los 70. Me recuerdan a Bowie, Jagger, Reed, Iggy o los Led Zeppelin que, hartos de destrozar habitaciones de hotel, follarse a groupies, meterse todas las drogas imaginables, hacerse transfusiones de sangre y comprar coches y mansiones ya no sabían qué hacer con tanto dinero. Y se aburrían. A las élites extractivas que parasitan España desde tiempos inmemoriales les ocurre lo mismo. Han ganado tanto, tanto dinero –robando, no vendiendo discos- que no saben en qué gastarlo.  Siempre han robado, pero en los últimos lustros, después de provocar una burbuja con la que han transferido el dinero de los asalariados a sus cuentas, les sale la pasta por las orejas. Se han tirado a todas las modelos de pasarelas, reality shows o series de tercera, han agotado los catálogos de yates y las cosechas de los mejores vinos (o, mejor dicho, los vinos más caros). La afición por la caza no es nueva: el pobre Saza peleaba por una subvención en una cacería en esa magistral sátira de la decadencia del franquismo titulada La escopeta nacional. Como puede comprobarse en la película de Berlanga, en las monterías se disfruta de una sana competencia, se alardea de fincas, se come y se bebe de lujo, se respira aire puro y se cierran buenos negocios. Como el dinero –o, mejor dicho, la liquidez de las élites extractivas- se ha multiplicado de manera exponencial, las típicas cacerías en cotos de Ciudad Real o Jaén aburren. Resultan rancias, poco emocionantes. La progresión lógica lleva a la caza del león, el rey de la selva, símbolo universal de virilidad y poder. El speedball de nuestra élite extractiva. Y si es con arco y flecha, mucho mejor. Pero también la caza del león agota, aunque demandemos más trofeos que toda la galaxia junta. Y llega el momento de los leones Premium. Y por el hastío, por el colesterol de España murió el pobre Cecil y lloraron millones de niños de África. Al menos los artistas de los 70 dejaron algunas canciones memorables. Las élites españolas solo dejarán miseria (y un próspero futuro para sus familias).

*No toda la élite española es extractiva, aunque su peso porcentual y real se haya multiplicado en los últimos años. Un porcentaje considerable de los empresarios españoles crea riqueza y trabajo. La única salida de España es el cambio radical de la cultural social y empresarial de sus élites, no su sustitución por mastodontes públicos, pero esa, como decía Holden Caulfield, es otra historia. Después de la escritura de este artículo hemos conocido que el asesino de Cecil es nativo de los Estados Unidos de América. Da igual, seguimos exportando cientos de cabezas de león. 

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