Cadencia del mundo

Por Miguel Ángel Serrano

El arte de pasear. Karl Gottlob Schelle. Editorial Díaz Pons, colección Vita Aesthetica. 185 páginas, 17 €

Cualquiera que haya utilizado el paseo como método para dejar volar el pensamiento (es decir, cualquiera), sabe que hay diferencias entre la marcha, el trekking, el shinrin yoku o el caminar con finalidad. El paseo debe ser intransitivo, de producirse alguna transición no debería ser sino espiritual: que el paseante cansado se vivifique. Más sería deseable un trascendimiento, una elevación del espíritu que venga apalancada en el fresno, el cortado, la avenida de tilos.

En ese diálogo, como impulsado por las piernas, el caminante de praderas altas, el descubridor de cuevas de sotobosque, el aventurero de estanque, han de descubrir entre el encanto de las moras o el saludo cortés a otros paseantes, su propia textura renovada.

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Gottlob fue un filósofo que trataba de bajar a tierra músicas del saber para hacerlas accesibles, y esta obrita suya, ilustrada y por la que el autor muestra preocupación por fundamentarla con aportaciones de otros pensadores, nos enseña las grandes diferencias que las estaciones, la orografía, la hora o el clima provocan en quien se lanza a un paseo. Es cierto que con los ojos de hoy el libro es un prodigio de inocencia: si alguien de nuestro tiempo quisiera remedar la obra de Gottlob debería incluir capítulos como la ausencia o presencia de cobertura para el móvil en las cumbres o el modo correcto de no saludar a las riadas de caminantes de los montes. Condiciones todas ellas del paseo de ahora.

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Pero el paseo, pautado en los parques y pretendidamente libre en las montañas más alejadas, ha perdido esa condición de sublimidad que tenía para los europeos de  principios de XIX. Esas imágenes de Caspar David Friedrich del caminante contemplador, los solitarios paseos del mejor Turner, la captura de lo gótico, la dominación de la Naturaleza en el ajardinamiento, los modelos de jardín: todo eso parece haber quedado superado por aplicaciones de móvil que nos guían incluso en los parajes más desolados. Por eso es una delicia leer este ensayo de Gotlobb, excelentemente completado por dos eruditos añadidos del editor, Federico L. Silvestre. Porque nos muestra un afán didáctico de algo que no deja de ser producto del ocio que se empieza a popularizar en esa época, en la que todavía era posible maravillarse ante los dones de la Naturaleza y los del ingenio humano.

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Sobre Miguel Ángel Serrano:

Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1.965) es novelista, ensayista, poeta y crítico. Obtuvo el Premio José María de Pereda de Novela Corta del Gobierno de Cantabria con Tango, su primera novela, a la que le seguirían Jardín de Espinos y El Hombre de Bronce. Fue además finalista del Premio NH de Relatos con El Veneno del Profundo Pesar. Es también autor del ensayo histórico La Ciudad de las Bombas: Barcelona y los Años Trágicos del Movimiento Obrero y del libro de poemas Un presagio.

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