Antonio López o la neurosis de la perfección

Por Luis Daza

La primera vez que supe de Antonio López fue el día que andando por la Gran Vía me lo encontré mientras pintaba el tramo de la esquina con la calle Clavel.  Me dejó impresionado la fuerza del cuadro. Estaba pintando exactamente lo que yo veía pero con ese aire sobrecogedor y vacío que le caracteriza. En ese momento todavía no era tan conocido como hoy y desde luego yo no tenía ni idea de quien era pero pensé que llegaría lejos, aunque no me imaginaba cuanto.

En esa época siempre que podía pasaba por allí y le buscaba. Unas veces me lo encontraba, otras no, pero cuando estaba me quedaba allí un buen rato embobado mirando como medía y encajaba cada detalle y como retocaba y retocaba color hasta dar con el que tono exacto que quería. Su meticulosidad y perseverancia me asombraban. Mi admiración iba creciendo tanto y era tal su concentración que nunca me atreví a interrumpirle con el más mínimo comentario.

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Un día desapareció y aunque seguí buscándole, nunca más le volví a ver allí. Me quedo la pena de no ver la obra terminada. Afortunadamente años más tarde tuve la oportunidad de volver a ver el cuadro de cerca otra vez. Creo que fue en Sevilla en la exposición del Hospital de los Venerables. Me gustó poder examinarlo sin la presión de molestarle porque todavía recordaba con precisión cómo pintaba algunas partes, sobre todo el perfil del número 16, que era un edificio emblemático que recordaba perfectamente por una maravillosa película de Iván Zulueta.

La alegría se transformó en una cierta desilusión al verlo inacabado. Con todo el trabajo que se había tomado en el resto del cuadro ¿por qué no lo había terminado? Durante muchos años fue una pregunta que no tuvo respuesta.

La segunda vez que le vi en persona fue en la presentación del libro de Recaredo Veredas, Deudas Vencidas, en una librería de Malasaña. Al acabar, algunos de los que estuvimos nos salimos un rato a la calle y fue cuando Esther García Llovet me hizo reparar en un señor que hurgaba a mi lado en un contenedor, buscando entre los restos de escombros de alguna obra. ―Es Antonio López― me dijo. Estaba junto a mí y no me había dado cuenta, pensaba que era un vagabundo buscado algo de valor. Y quizás no me equivocaba era alguien buscando algo de oculta belleza. Unas maderas, una silla antigua, vete a saber qué. Un vagabundo del arte. Y una vez más no me atreví a importunarle y menos para preguntar por qué no acabó aquel cuadro.

La tercera vez ya fue en su estudio. Otro maestro de la pintura, Antonio Montalvo, amigo común de los dos me ofreció que le acompañara a visitarle. No lo dudé ni un instante. Después de tantos años de seguirle desde aquel encuentro fortuito en la Gran Vía iba a tener oportunidad de charlar y conocerle en persona.

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Nos abrió la puerta él mismo, con su conocido aire desaliñado y nos invitó a sentarnos, dejándonos las mejores sillas a nosotros y quedándose él en un pequeño banco junto a un frigorífico rodeado de fotos clavadas en la pared. Algunas de cuadros de Velazquez, de los frisos del Partenón, la ultima cena de Leonardo y una crucifixión de Zurbarán. Entre otras me llamó la atención una foto suya en Tomelloso y le dije que era muy bonita. Enseguida nos respondió sin pensárselo mucho «Todas las fotografías son bonitas». Montalvo y yo nos miramos sin saber muy bien que quería decir y me sentí como ese momento de El Sol del Membrillo en que charla con Enrique Gran recordando un profesor que les decía ―Más entero, más entero― y no sabían que quería decir y no se atrevían a preguntárselo por respeto. Así me sentí yo, sin saber que quería decir y sin atreverme a preguntárselo, aunque me hizo pensar si una fotografía siempre reproduce con facilidad las proporciones de la belleza que pudiera haber delante de la cámara sin el esfuerzo de crearla pincelada a pincelada.

Después de preguntarle a Montalvo por las obras en las que trabajaba se interesó por mi, supongo que por pura cortesía «¿Y tú pintas?». Le respondí que hace años pero ya no. «¿Y por qué no?» Le expliqué que tenía otro trabajo y que no sabía hacer dos cosas a la vez. Muy serio afirmó «No hay problema en hacer varias cosas a la vez, solo es cuestión de organizarse». De pronto caí que estaba delante de una persona que pintaba, hacía escultura, dibujaba y había sacado tiempo hasta para hacer una película y allí estaba con casi ochenta años con su talento y lucidez intactos.

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Entre otros temas, Velazquez salió a relucir en la conversación, por algún comentario sobre la autoría de la Cruz de Santiago en Las Meninas. Y como el tiempo pasaba y llegaba la hora de irse decidí contarle que había coincidido con él en la Gran Vía. Para que me sirviera como excusa para preguntarle por qué no acabó el cuadro. La respuesta fue sencilla «Algo me pusieron delante que cambió lo que veía, no sé, una señal de tráfico, un luminoso, no recuerdo ahora»

Ahí tenía la solución después de tanto tiempo y la clave de casi toda su obra. Me acordé del cuadro del membrillo, que lo dejó porque la lluvia le impedía pintar, o el retrato de la familia real, porque Patrimonio se lo reclamaba «Ya no es mío, no puedo hacer más» nos dijo con una cierta amargura. Si por él fuera, probablemente, con cada cuadro seguiría y seguiría eternamente en una búsqueda obsesiva de la perfección imposible. Me acordé de aquella anécdota de alguien que preguntó a Borges por qué publicaba, a lo que el maestro contestó «Publicamos para dejar de corregir».

En estos tiempos fatuos donde la vanidad, el ego o la codicia son los auténticos motores que mueven a muchos creadores, que exista alguien que renuncie a ganancias fáciles para seguir buscando la composición y el color perfecto es un ejemplo y una brizna de esperanza.

Fotografías de Luis Daza. Prohibida su reproducción sin consentimiento del autor. 

 

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Sobre Luis Daza:

Ensayista, crítico, dibujante y guionista de cómics. Ha dirigido el documental "Entreviñetas".

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Comentario

  1. Roberto Villar Blanco
    25/03/2015 at 15:37 · Reply

    Muy bien, Daza.

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